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Hernán
BonillaPresidente y fundador
La lápida de la historia
06/01/2026
Finalmente al dictador Maduro le llegó su hora. Este personaje nefasto, uno de los mayores criminales de la historia contemporánea de América Latina -lo que ya es mucho decir- deberá enfrentar a la justicia por sus innumerables vejámenes. La caída de un dictador siempre es motivo de celebración, pero lamentable, no lo es para todos. Aunque no sorprenda no deja de ser extraordinariamente preocupante la actitud que han adoptado varias personas, organizaciones y el propio gobierno uruguayo ante una situación que no admite tibiezas. El largamente esperado final de Nicolás Maduro, digno sucesor del sátrapa anterior Hugo Chávez, llegó sin pena ni gloria. Nadie lo defendió. Ni siquiera se esbozó un amague de defensa por parte de las fuerzas armadas y el pueblo de Venezuela, demostrando, una vez más su escaso apoyo popular. Es que la destrucción que sufrió uno de los países más libre y prósperos de América Latina en dos décadas tiene pocos antecedentes en la historia, aunque es un caso de manual. Un país asfixiado políticamente por una dictadura salvajemente represiva y una economía típicamente socialista sólo pueden producir miseria, hambre, exilio, torturados y asesinados. Es inequívocamente la experiencia histórica de todos los países que, de manera suicida han seguido este camino. Ante el fin del dictador -que no de la dictadura hasta el momento- es un acontecimiento histórico que debe celebrarse sin ambages. Por eso mismo es que resulta indignante que quienes no dijeron una palabra ante los millones de exiliados y los miles de torturados, desaparecidos y asesinados por el régimen hoy escriban pomposas declaraciones huecas de contenido en defensa del sinvergüenza caído en desgracia. ¿Qué puede llevar a un ser humano a no conmoverse frente a la heroica lucha democrática del pueblo de Venezuela con tantísimos costos personales, familiares y de la sociedad entera enfervorizarse en defensa del sátrapa del Caribe? ¿Cómo se puede entender que alguien en su sano juicio defienda el crimen y la muerte a tal punto de saltar como resorte en defensa de un ser repugnante y despreciable como Nicolás Maduro? La respuesta no resulta sencilla. Detrás puede estar la ceguera ideológica -la hemiplejia moral que denunciara Ortega y Gasset hace casi un siglo- o los más rupestres intereses económicos que lograron el apoyo abierto o el silencio cómplice de demasiadas personas. En cualquier caso entre quienes están indignados por la caída de Maduro y quienes estamos indignados por sus crímenes existe un abismo moral insalvable. No hay punto medio ni acuerdo posible con quien es capaz de justificar y defender las salvajadas de Maduro en Venezuela. Esta es la verdadera grieta que ha quedado expuesta, porque abierta ya estaba, a partir de la caída del dictador venezolano. Quienes nos alegramos de que un criminal de guerra enfrente la justicia no podemos entender a quienes se rasgan las vestiduras por él y por su régimen, así como supongo que quienes lo defienden a capa y espada y escriben comunicados alabándolo no entienden a quienes celebramos con los millones de venezolanos que tienen la ilusión de ver una luz al final del túnel. La historia pasará factura rápidamente y la vergüenza que está cayendo sobre los defensores del dictador sanguinario será una lápida imposible de levantar.